Ella lo miró. Sabía que los surcos aquellos que estaban en sus propias mejillas jamás se borrarían. Nunca los había sentido, ni los había intentado borrar, pero sabía que siempre estarían allí.
Los ojos de él eran firmes, pero a la vez incitaban a deshacerse en ellos. El pelo le caía por la frente.
De los cuatro lagrimales nacían surcos, no sólo de los dos femeninos.
Era una situación extraña, hermosa, terrorífica. Ellos, un par de amantes masoquistas.
No querían mirarse, disculpaban haberse clavado las pupilas, pero sin embargo, seguían haciéndolo. Debían parar y lo sabían. Él le cantó al oído alguna melodía en alemán.
Los labios jamás debían volver a rozarse. La última vez, ambos se fueron al mismísimo Infierno. A ese infierno creado por las personas del mundo que los rodeaban.
No debían, pero lo hicieron. Era sabido que si se unían nadie podría evitar lo obvio.
Juraron, en la cama y completamente desnudos, que nunca dejarían de ser amantes.
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