2º premio. Categoría Junior.
12 de Septiembre de 2007
Seudónimo: Frida
Tema: Libertad de expresión
Subtema: “Ésta es mi palabra”
Era una familia acaudalada de principios del siglo XIX. Estaba compuesta por el padre, un gran terrateniente; la madre y el hijo, de unos ocho años. Quien ponía las reglas era el padre, mientras que su esposa imponía los castigos tanto a miembros de la familia como a los peones. El hijo, malcriado por sus padres, era el que, prácticamente, decidía todo. Y esto quiere decir que, cualquier cosa que pidiera, le sería concedida, por más efectos negativos que tuviera sobre él.
El terrateniente tenía cinco peones en su poder: tres fuertes hombres y dos habilidosas mujeres. Uno de aquellos hombres era el encargado de comunicar a la familia con los pobres subordinados. Su patrón no le permitía traer malas noticias, ya que eso le ponía los nervios de punta, y era algo que quería ahorrarse.
Hasta ese momento, y gracias a Dios, todas las malas noticias podían ser omitidas sin que surgieran problemas.
Pero hubo un día en que esa suerte desapareció. Una de las mujeres, la que mejor lavaba la ropa, murió luego de agonizar por varios días. La otra, automáticamente, se ocupó de su tarea, pero por más que se esforzara, las prendas ya no quedaban suaves e inmaculadas como antes. Esto fue un grave problema, porque la patrona siempre exigía que sus vestidos estuvieran más que limpios,
A la semana de la muerte de la lavandera, la madre encontró uno de sus vestidos un tanto descolorido, y le preguntó al peón que funcionada de puente entre ambos mundos, la razón de por qué el hermoso que había traído de Nápoles ya no se veía como antes. El hombre no podía decir la verdad. Las consecuencias de decirla eran imposibles de saber, y mejor que fuera así. El terrateniente siempre tenía un mal humor fuera de lo común, y fue así que optó por no decir lo que pasaba realmente.
Pero con los días, las telas perdían su brillo, y la muerte de aquella mujer se había tornado inocultable. Y algo horroroso ocurrió en la casa.
El padre, que ya había perdido la paciencia a causa de los comentarios histéricos de su esposa, enfrentó al peón-puente. Asustado, el pobre y desdichado lloriqueó y no dijo una sola palabra. La madre y el niño estaban presentes. La mujer exigía que fuese torturado hasta que se supiera lo que en verdad sucedía, y el pequeño mocoso, excitado por la situación, concordaba con su madre. Presionado, el amenazado, lo dijo todo: la muerte y el intento de ocultarla. La cara del padre se transformó, y rojo de furia, gritó: “¡¿Por qué no me lo has dicho antes?!”.
Fue así cómo el cuerpo, luego de una profunda puñalada cayó al suelo, y el asesino justificó su acto con una increíble frase: “Derramó su sangre por no serme fiel”.
Los dos que observaban sonrieron satisfactoriamente cuando la mujer que quedaba viva entre los peones se llevó el cuerpo. El piso tuve que ser posteriormente lavado, y por más que la sangre no estuviera allí, la pobre nunca olvidaría el fluido aquel. Tuvo que seguir viviendo con ese recuerdo, sembrando y cosechando, pero ya no lavando más que sus trapos, por si acaso…Una nueva y más joven se ocuparía de eso.
Todavía mis personajes no tienen nombre: El gran terrateniente podría llamarse “judicial”, la esposa, “legislativo”, y el hijo, “ejecutivo”. El peón muerto sería el Cuarto Poder, los medios de comunicación, y el resto era el pueblo.
Todo fue un malentendido que, sumando los instintos, derivó en esto.
Habrá que pensar un poco al respecto ahora, para que nadie muera por la verdad. Ésta es mi historia y mi consejo. Tal vez no sea correcta, pero es, honestamente, mi palabra.
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