El hombre estaba al otro lado del escritorio, fumando un cigarrillo, sumido en el humo. Me miraba a través de sus anteojos, concentrado, como si yo fuera un enigma.
- Pues si te sientes así, si te exiges tanto a tí misma presionándote hasta el estrés, por algo debe ser. ¿Estás segura de que no ocultas nada?
Su acento español me retumbó en la cabeza.
-No... No hay nada que ocultar.
Fui cortante.
Estúpidamente cortante.
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