Él estaba a la orilla de un bañado, descansando en el césped y en la paz del ocaso. Unos dedos fríos lo rozaron. En realidad eso fue lo que sintió porque no pudo ver nada. Cerró sus ojos despreocupadamente, sonrió. Esa extraña brisa había sido levemente placentera.
Oscureció muy rápido, pero no fue la noche en realidad quien lo sorprendió al despertarse de un sueño consciente. Unas curvas blancas de mujer estaban sobre él, desnudas por completo, y no las había sentido allí hasta entonces. Se podría decir que brillaban de hermosa perfección. Las piernas se desplegaban de una forma particular sobre él: no era algo obsceno, todo lo contrario. Los ojos de la joven estaban cubiertos por largos cabellos enmarañados. El hombre intentó peinarlos con sus mismos dedos y, al hacer esto, descubrió un par de pupilas infinitas. Cuando las yemas masculinas reconocieron las puntas del cabello, continuaron deslizándose por los pechos tentadores. No se veían muy voluminosos al ser tan adolescentes, pero eran armónicos con la inmaculada belleza a la cual pertenecían. Las manos más pequeñas ordenaron a las otras que siguieran tocándola. Hubo gemidos sensuales, ahogados. Ella misma se encargó, luego, de desvestirlo.
De un momento para otro, se encontraron unidos en una penetración perfecta, llenos de lascivia, diciéndose al oído y sin palabras lo que se les pasara por la mente. Ardían, incandescentemente lujuriosos. Al momento del clímax, sus pieles eran una. Las respiraciones, sístoles, diástoles, se oían fuertes, sagradas, triunfadoras. Podían comerse con las miradas.
Yacieron allí un momento, descansando en el deseo de volver a repetir lo ocurrido. Sin usar la voz, ella dijo que debía irse. Lo besó, pero sus carnosos labios ya no eran del fuego del que estaban constituídos segundos atrás. Eran de puro hielo, de hecho. Él intentó incorporarse del suelo para detenerla, pero su anatomía no le respondió.
Aquel cuerpo se iba, con pasos sigilosos, mientras aumentaba la desesperación del hombre al no poder moverse.
En un momento, ella se detuvo, volteó, y mostró millones de lágrimas plateadas en su rostro. El que yacía deseó poder secárselas antes de morir.
Cuando ella terminó de fundirse con la noche para luego irse juntas del mundo, él ya no respiraba.
Lo había engañado, pero no podía no hacerlo.
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