Soy una idea reprimida y me fugué por los oídos. Viví en la cabeza de un hombre de negocios por mucho tiempo, pero él no me quería, y me enterraba bajo papeles, cuentas y formularios. Esto no me gustaba, no me gustaba nada, y me fui.
Ando vagando ahora, sabés... Ando mucho por la calle, pegada en carteles, entre hojas de diarios, haciendo que personas emprendan nuevos proyectos. Es lo que siempre me gustó hacer.
Estoy en un subte. Entro a los ojos de una anciana, saltando desde un afiche que muestra una modelo con ropa de invierno. Una vez en ella, murmuro, muy bajito: "Hoy voy a empezar a tejer un suéter para Tomás". Y sonríe.
¡MOMENTO!
Siento algo alrededor.
Algo familiar.
Es mi dueño. Mi dueño original. Está tomado de uno de los anillos que cuelgan del techo, mirando la punta de sus zapatos. Cree que está concentrado. Yo sé que está, en realidad, muy perdido.
Es un segundo, como relámpagos, los ojos de la viejecita y los de él se cruzan. Yo vuelvo a aquellos grises y tristes.
Yo lo extraño. A pesar de todo. Él me creó.
Y yo retorno a su cerebro. Veo grandes problemas gritando. Entonces comienzo a trabajar. Mezclo sus neuronas, revuelvo sus horarios. Hurgo entre sus compromisos.
-¡Levanta la cabeza!- digo, fuertemente.
Y él levanta la cabeza.
Por favor, recuerda lo feliz que eras cuando te hamacabas en la plaza de chiquitito. Por favor...
Y entonces leo entre sus pensamientos...
"Ahora no iré a esa reunión. Yo no iré. Que me reemplacen. Hoy voy a comer un algodón de azúcar por ahí."
Al final, creo que mi dueño me extrañaba tanto como yo a él.
¿Quién, acaso, no extraña las cosas felices?...
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