- ...¿Por qué es la mano derecha la que puede escribir?
- Si la izquierda pudiera escribir, todo se hubiera perdido. Porque es la mano que pertenece al lado del corazón, y ella hará caso a aquello que late tan fuertemente. Sabes... Lo del corazón nunca debe ser descubierto. Si todo fuera sincero como el amor verdadero, el mundo sería perfecto. Es por eso que el destino hizo que aquellos dedos no pudieran agarrar una pluma correctamente. Para que nunca nos aburramos de ser felices.
¿Qué haría esa mano dormida si algún día pudiera escribir?
Dime...
Sunday, December 31, 2006
Saturday, December 30, 2006
Un árbol...
...que se enamoró de la Luna y crece hacia arriba para alabarla...
...pero sus raíces lo mantienen aferrado a la realidad...
...pero sus raíces lo mantienen aferrado a la realidad...
Wednesday, December 27, 2006
Fugaces
Las tengo. De verdad las tengo. Son sólidas, firmes, indestructibles. Témpanos. Las palabras están en las yemas de mis dedos.
Las entrego a aquellos que las necesitan. Las reparto. Hay más, siempre hay, es por eso que las regalo. Algunos las aceptan con una amplia sonrisa, otros las devuelven señorialmente, otros las tiran a la vuelta de la esquina.
Un día, un par de ojos oscuros se cruzan con los míos. Yo estoy en la noche, y siento algo en aquel ser. Algo... que no tiene clasificación. Le lanzo:
- ¿Quién sos?
Viene y deja sobre la piel de mis oídos unas de las que yo suelo dar y nunca recibir: "El que quiere en verdad conocerte".
Luego, me lleva la frase a mi mano. Mi mano se vuelve tibia, y no puede mantener frialdad en las palabras.
Mientras se deshacen y caen al suelo, no me queda más. No me queda más que hablar con los ojos.
Las entrego a aquellos que las necesitan. Las reparto. Hay más, siempre hay, es por eso que las regalo. Algunos las aceptan con una amplia sonrisa, otros las devuelven señorialmente, otros las tiran a la vuelta de la esquina.
Un día, un par de ojos oscuros se cruzan con los míos. Yo estoy en la noche, y siento algo en aquel ser. Algo... que no tiene clasificación. Le lanzo:
- ¿Quién sos?
Viene y deja sobre la piel de mis oídos unas de las que yo suelo dar y nunca recibir: "El que quiere en verdad conocerte".
Luego, me lleva la frase a mi mano. Mi mano se vuelve tibia, y no puede mantener frialdad en las palabras.
Mientras se deshacen y caen al suelo, no me queda más. No me queda más que hablar con los ojos.
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