De nuevo al casillero uno. A las mangas largas. A arremangarme queriendo y no queriendo para que vean que no estoy bien.
De nuevo a la adolescencia. A llorar porque sé qué es lo que está mal pero eso está tan en el fondo, tan arraigado, que me olvido que está mal.
De nuevo, mirar para arriba.
Pero esta vez no ver nada.
Porque la otra vez te vi a vos, imposible, pero te vi. Allá arriba.
La otra vez que renací (con dolor, porque salir incómodamente de un agujero es doloroso) me di cuenta que sufría porque no era yo.
Y ahora soy yo.
Lo que no me gusta es este mundo. Y eso no lo puedo arreglar ni con todos los psicólogos ni pastillas ni dietas ni horas de gimnasio ni diplomas ni empleos del universo.
Me hicieron creer que yo era la fea. Pero ya sé que no.
Si me voy no es porque me odie. Es porque nunca me pude adaptar.
Lo que la gente no sabe es que una vida puede salvarse con un abrazo.
Antes quería saber qué había en Buenos Aires porque no me gustaba Junín. Ahora quiero saber qué hay después de esta vida.
¿Triste? Triste es estar así en este mundo. Tal vez haya un lugar más feliz.