Por alguna razón, cuando descubro que algo tiene fin, deja de llenarme el alma. Es decir, esa sensación de vacío llega antes de que realmente se acabe todo.
Y la gente entra y sale de la vida de uno. Salvo la familia. La de sangre. Y la del corazón.
El resto llega y se va.
Llega.
Se va.
Salvo los padres.
Los hermanos.
Y los hijos.
Tal vez hoy empiezo a entender las palabras de aquel compañero que, mientras manejaba, me decía: "Yo no me veo casado, pero me veo como papá". En ese entonces lo miré como se mira a un bicho raro.
El amor a un hijo es para siempre.
Yo tengo mucho amor para dar.
Algún día, tal vez.