Me gustaría irme muy lejos por un tiempo relativamente largo, cambiar de paisaje, tal vez escapar al Tigre como habíamos dicho con esa persona que quiero. Me gustaría no pensar en obligaciones por unos días, planear mi vida en paz y luego volver al caos con una sonrisa grande y los pies bien firmes en la tierra.
Pero hay que resistir acá. Con la frente alta y el corazón abierto, porque soy lo que queda para alejar los fantasmas, para desatar los nudos y dosificar la tristeza.
Es el momento de los lazos de sangre. Es el momento de mostrar los dientes aunque quiera huir, de armar un rompecabezas de vida que no voy a vivir, pero del cual no se puede perder ninguna pieza. Porque ella es yo, y él, y ella también.
Y lloro porque me gustaría que Dios exista, pero no existe. ¿Qué clase de Dios puede permitir algo así?
Soy una piba perdida por ahí... yo no puedo sola con esto, má, pá, yo no puedo.