Creo en Dios, ya no me considero atea.
Dios existe y creó al hombre a su imagen y semejanza, y eso es la pura verdad. Creó a este hombre, pecador, eterno pecador. Lujurioso, avaro, asqueroso, deprimente. Este hombre creador de historias alucinantes.
Dios da dones. Dios da hermosos dones. Oído absoluto, capacidad de combinar las palabras para hacer poesía, capacidad para hacer reír a alguien más, de hacer cuentas mentales a una gran velocidad. Es todopoderoso y da dones. ¿A quienes? Hay gente que los recibe, los descubre antes de haber hecho el bien o el mal en el mundo.
Me miro y soy humana. Hice el bien, hice el mal. Acá estoy.
Dios da dones a quien quiere, sin razón alguna. No deja pasar el tiempo antes de ver quién los merece y quién no. Porque, diosito querido, yo me rompí el culo laburando, y acá estoy, esperándote, rezándote. No te recé lo suficiente…
“Creo en dios, padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra…”
Nada.
Nada.
NADA.
“Padrenuestro que estás en los cielos…”
Dios es justo y es perfecto.
Yo laburo y trato de mirarme, de rezar. De mirarme a ver si pasó algo, de moverme, de caminar de rodillas hasta Luján. De no pecar. De rezar.
Ya va a llegar, ya va a llegar…
Pero antes de que llegue, levanto una ceja:
Este Dios no es justo. Este Dios no es perfecto… Te descubrí, chabón. Te descubrí.
Dios es imperfecto, Dios no es justo. Dios no es eso que se dice que es un Dios.
No es abstracto, no es eterno, no es nada.
N-A-D-A.
Dios no existe.
Soy atea.
Y soy imperfecta, soy lujuriosa, soy una porquería, soy concreta. Pecadora. Deprimente. Dos brazos, dos ojos, dos tetas (o algo así), un corazón. Glóbulos rojos y blancos y demás porquerías que no sé qué mierda son.
Así y todo, creo en mí.
Y se van todos a cagar.