Saturday, March 08, 2008

Qué problema... ¿No?

Ya lo había visto varias veces en el bar ese. Era hermoso, obviamente. Un morochazo. Estaba sentado en la barra. Se acercó para hablarle, él no se negó. Cuando empezaron la conversación se dio cuenta de que era un tipo genial, muy carismático, sociable. El morocho le invitó un trago que fue aceptado. Luis. Así dijo que se llamaba el de ojitos oscuros. Se preguntó por qué no era tan sociable como Luis.

Como dos jóvenes, pidieron su buen alcohol al que atendía. Empezaron compartiendo una cerveza y dos tequilas. La persona más tímida disfrutaba de ese placer, pero no tenía resistencia a aquello tan fuerte. Podría decirse que sin darse cuenta le sumó a lo que se encontraba en su estómago un Séptimo Regimiento, un Sex on the Beach, más Tequila y luego le dio a la ginebra. Fue entonces cuando perdió conocimiento de todo. ¿Si vivía? Ni la más perra idea. Todo era pura risa.

Y menos idea de cómo fue que se despertó en el hospital.







Las sensaciones más horribles de todas. El sabor ácido del vómito en la boca. El pecho a punto de estallar. Frío, mucho frío. Luis miraba con ojos entre tiernos y penosos a su cara, como diciendo que todo estaría bien. Se intentó agradecer la compañía, la comprensión, pero el habla era imposible, los labios no respondían. Alguien le inyectó algo en el brazo. Volvió a dormirse.





Volvió a despertar en el hospital.


...

Era otro hospital.

Bueno, suponía por lo que recordaba. Vivía prácticamente durmiendo, pero veía muchos médicos entrar y salir cuando despertaba por minutos. Una enfermera siempre estaba ahí. No tenía noción del tiempo, pero días (supuso que días) después se encontraba bastante bien. No hablaba mucho, pero cuando preguntó qué había sucedido, las enfermeras y médicos sólo decían que todas sus dudas serían aclaradas luego, que el caso era raro pero que no se asuste, que estaba fuera de peligro. Tardó dos meses en hacer la rehabilitación, en volver a caminar correctamente, sin agitarse.


Jamás olvidaría estar allí ocupando la silla en la oficina de quien dirigía el hospital. Mirándole a los ojos, ese hombre que parecía un gran sabio le contó todo. Lo de Luis, el detenido. Lo del alcohol. Lo de la clínica clandestina, la droga inyectable, el transplante ilegal.




Sí, transplante ilegal. Esas cosas jamás habían sido permitidas por el gobierno. Le habían quitado su corazón y le habían colocado una imitación de aquél órgano. Era algo sintético con la fuerza del metal. O tenía parte de metal. O algo así. Supuestamente era obra de algún que otro científico loco que quería probar algo y jamás lo habían dejado. Luego de esa operación clandestina, su cuerpo muerto fue abandonado en un banco de plaza, acomodado en posición fetal, haciendo que quienes pasen por allí creyeran que se trataba de algún indigente.

La estructura que le fue concedida de forma tan extraña se analizó luego de ser traído el "cadáver" en ambulancia hasta el verdadero hospital. Misteriosamente, el corazón sintético había funcionado y el experimento no había resultado fallido, de hecho, todo lo contrario. Era extremadamente fuerte, resistente, y por eso había sobrevivido quien lo poseía. Por lo cual decidieron los profesionales que se recuperara con él. De todas formas no podrían haberle dado otro corazón. La situación hubiera sido muy delicada si hubieran tenido que esperar la donación.






Aseguran que en el proceso de rehabilitación, se pudo comprobar que el organismo se fortalecía de increíble manera. Dicen "cuerpo sano, mente sana", entonces en ese episodio horrendo su alma se volvió tan fuerte como su cuerpo.






Con el alma ya de acero, se prometió nunca jamás volver a un estado semejante de inconsciencia como en ese bar.

No quería que le arrancaran el corazón... otra vez.

Descubrimiento.

Soy de las personas que piensan que jamás se termina de aprender. Por eso, todos los días me llega algo nuevo a la cabeza, algo para analizar e incorporar. Hoy entendí muchas cosas, sólo lean lo siguiente...



No me importa que me amen y deseen estar conmigo. No gano absolutamente nada con un "te amo" a la distancia. Son un par de palabras inútiles lanzadas al aire que se van. No gano nada con un beso. Una prostituta besa a sus clientes y ese contacto no posee cariño alguno.

Pero hay algo muy parecido (parecido no es lo mismo) que es lo que SÍ me importa: me importa que me enseñen a amarme. Eso no tiene precio.



Cómo se hace... Uf, infinitas maneras hay. Prestame un libro que me haga comprender la tristeza que entonces me esté invadiendo, o un disco que me haga dar cuenta que poco valía la pena el sentir enojo. Haceme correr kilómetros para disfrutar de un sueño profundo luego y una mañana fresca en consecuencia. Ayudame a escribir un haiku, una canción. Enseñame a maquillarme y besar mi reflejo en el espejo.


Porque si lográs que yo esté bien, es porque me tenés aprecio.


A eso, se le llama "hacer mérito y obtener una recompensa". Una dulce recompensa. Una sonrisa, un abrazo, lo que sea que necesites, mi pequeña fidelidad...



Pensando en lo contrario, si me odiás y no lográs sacarme una lágrima, tu tan llamado "odio" es débil. Necesitás esfuerzo, mucho, para destruirme. Entonces para qué odiarme, si no se logra el efecto.




"Dah, no lo vale."